
Santiago decidió viajar al desierto para conocer las pirámides pero principalmente para encontrar el tesoro que sus sueños tozudamente le habían encargado. No le importó dejar sus costumbres y formas, gentes y rutinas, abandonar la pileta de bronce de su parroquia, el ombligo del mundo. Cruzó el Mediterráneo y entre gente desconocida y una cultura diferente partió el caminó con sus pies para verse frente a la más grande de todas: Keops. Escarbando metros abajo para encontrar el oro la plata y joyas de sus sueños un golpe lo sacudió y tras de ellos los facinerosos del desierto lo asaltaron llevándose consigo todos los ahorros de su vida. En medio de los puños y diatribas, Fajardo, el delincuente mayor y el más salvaje de todos, notó que su hablar y sus formas no eran las propias por eso en medio de la turbulencia se detuvo para preguntarle.
¿Qué haces aquí forastero?, - Vengo siguiendo un sueño - le contestó Santiago ensangrentado y casi desmayado por el dolor. - Por un sueño vienes desde tan lejos dejando a tu familia y tu poca fortuna para perderte en el desierto - se burló Fajardo. – ¿Y qué sueñas, forastero?, le repreguntó. - Que cruzo el Mediterráneo y frente a las pirámides encuentro el gran tesoro que estaba buscando -. Fajardo entró en profundo ataque de risa y contestó. - Yo también sueño que cruzo el Mediterráneo y en la ciudad del frío, en una parroquia, exactamente en una pileta escarbo y encuentro oro y joyas preciosas y tú crees que voy a ser tan loco de dejar mi patria y mis costumbres para ir sólo en busca de un sueño -.
Santiago recobró el conocimiento, cruzó el Mediterráneo, llegó a la pileta y cuando escarbó encontró el tesoro de oro, plata y joyas se sentó en medio de la fortuna y se río con todas sus fuerzas. Pero Santiago, ahora, todavía no habla. Dice Yemira que me está esperando. Hace de todo, come bien, ríe mejor, corre, piensa rápido, mira televisión y opina entre dientes, arma sus rompecabezas y hasta escucha por celular, pero no habla.Primero da el paso derecho y luego el izquierdo, se tambalea como un columbio y parece que se cae pero no lo hace, vuelve a imponer su pie derecho y si alguien lo quiere ayudar grita, la mayoría de veces, o llora en algunos casos. Se cae sentado y puede comer tierra de vez en cuando y entonces conoce el sabor al desierto, se levanta nuevamente, vuelve a tambalear pero cuando escucha música vuelve a recordar el trópico y se estremece con el regeatown y no deja de bailar desenfrenadamente hasta el cansancio de la noche cuando cae dormido muy temprano porque normalmente madruga. Me dice Yemira que se levanta, se apoya en las perillas y entre las rejas recorre el inmenso diámetro que separa su cama de la ventana, le gusta ver el amanecer por los vidrios que dan a una calle pequeña y fría. Todas las mañanas espera y espera, no habla pero ya no te canses Santiago, que ya estoy yendo.
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